El Rencor no es para ti. Por Caleb Ordóñez Talavera

Caleb Ordóñez T.

Una persona, quizás un hombre o una mujer, camina por la calle atrapada en un dolor que la agota. El lugar es cualquiera sobre el planeta y el tiempo también. Su mirada, perturbada y decaída, se dibuja encerrada en una cara contraída sobre sí misma.
En esta contracción ella insinúa una hostilidad, incluso un odio. Parece estar concentrada en una labor importante, en un trabajo plenamente justificado. Su soledad es absoluta.

Esta persona ya no sabe cuanto tiempo lleva caminando así. Aunque logra hacer lo que tiene que hacer ya sea en su trabajo, en su oficio o en su profesión, todo parece ser más costoso desde que esto comenzó.
Es que parte de su energía física y sobretodo mental, desde ese instante, alimenta un círculo vicioso que la está matando, un círculo que empieza y termina, una y otra vez, en el recuerdo de algo que la golpeó en el centro de su ser.
Puede ser algo que, de repente la impactó y se anidó en sus moléculas, células, tejidos y músculos.

O Puede ser algo que vio, que le contaron, que le hicieron, incluso algo que imaginó a partir de ciertos retazos, de algunos hilos sueltos ciertamente observados en la relación con otra persona. En todo caso, sea la situación que sea, esto le ha dejado una herida traumática, una huella que le ha dañado algo constitutivo de su identidad.

En efecto, esa violencia en un centro esencial de su persona le incendió, en aquel momento, una mezcla tormentosa de emociones, se quema por dentro. Una confusión, resultado propio de un mundo que se trastoca, una tremenda extrañeza e incredulidad por la confusión de lo que se creía seguro y confiable y que ahora es otra cosa, una sensación de desamparo y precariedad como secuela de la pérdida dramática del lugar que sentía familiar, un dolor y una tristeza enormes por el derrumbe, la degradación o la distorsión del valor que tenía al amor que había sido colocado en esa persona, en esa idea o en ese lugar.
Y por supuesto el odio, el gigantesco odio como respuesta a lo que se siente como un ataque mal intencionado, desconsiderado, falto de preocupación, carente de todo amor o agradecimiento.

Y por supuesto el odio, el gigantesco odio como respuesta a lo que se siente como un ataque mal intencionado, desconsiderado, falto de preocupación, carente de todo amor o agradecimiento.
Y por supuesto, haciendo crecer toda señal de ese odio, la impotencia, la imposibilidad de haber acometido una venganza absoluta de inmediato.
Lo percibido, lo imaginado, lo sentido, lo pensado desde el momento de los hechos traumáticos se ha convertido para nuestra persona en una huella deslumbrante en el escenario de su mente, se muere por dentro.

EL RESENTIMIENTO NOS TRANSFORMA

La vía del olvido pasa por la posibilidad de recordar y pensar, es decir, por la posibilidad de que podamos representarnos los hechos, de que podamos asociarlos con otros recuerdos, con otras sensaciones, o sea, pasa por la oportunidad de comprender lo que ha ocurrido. Pero ¿qué pasa cuando los hechos han ocurrido a nuestras espaldas o frente a nosotros y lo sabemos después, cuando nos enteramos de que lo que creíamos ver, creer, escuchar no era verdaderamente lo que pensábamos y sentimos frustración?.
Este conocimiento, llega atacando lo que pensábamos era la realidad y nuestra imagen de nosotros mismos. Entonces pensamos que enloquecemos o que somos estúpidos y todo parece perder esa solidez que nos daba la confianza en la realidad, todo comienza a temblar en nuestro interior.

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¿En qué crees? por Caleb Ordóñez T.

Caleb Ordóñez T.

En la época que vivimos al parecer es más fácil no creer en nada y en nadie, como si eso fuera posible. Miles de personas a nuestro alrededor dicen no tener ningún tipo de creencia. Evaden los temas religiosos y políticos, entendible, por el ocaso histórico de estas dos instituciones puramente humanas.

Sin embargo dejar de creer es algo imposible para el hombre mismo. Si has sentido como que alguien te mira por la espalda, evitas caminar bajo una escalera o presientes que aquél mesero atento, vendrá con la cuenta “aumentada”. Aunque te digas ateo eres sin duda un verdadero “creyente”.

Creer tiene su principio en la palabra alemana “glauben” que a su vez significa poner “esperanza en algo” o “amar”. Y en principio esta palabra era utilizada por religiosos para referirse a “tener fe en Dios”. Sin emabrgo, hoy en día se utiliza para creer en la suerte, en el destino, en la reencarnación, en la misma democracia o en algún candidato.

Por mucho tiempo se nos enseñó que lo que creemos es lo que aprendemos a creer desde pequeños, lo que nos han enseñado sistemáticamente a pensar. Algunos científicos y filósofos aseguran  que en algún momento la “racionalidad” hará que dejemos de creer en lo que nos enseñaron y que de pronto comenzaremos a dejar creencias para aprender nuevas cosas.

Se equivocan.

El hombre cree en supersticiones e ideas tan complejas por una  razón sencilla: sobrevivir. Nuestras creencias están fuera de todo límite, llegan a convertirse en fantasías de las que no nos incomoda deshacernos.

La semana pasada comentábamos lo arduo que se convierte el pensar distinto a la colectividad, que puede llevarnos hasta la misma muerte. El hombre no quiere más problemas de los que tiene a lo largo de su existencia como para “cambiar la mentalidad de otros”.

Así que en lugar de transformarnos día a día, preferimos creerlo todo pues así fuimos educados. Tuvimos clases de religión y de civismo. Nos enseñaron a tenerle miedo al “coco” y a la muerte. Nos han dado herramientas para sobrevivir el mundo y buscamos en que más creer. Nos convertimos en “creelotodo”. Como no podemos salirnos de nosotros mismos y pensar la vida de otra manera, apelamos a la información de creencias que tenemos almacenadas en la computadora de nuestro cerebro y nos conformamos a vivir así.

 No creemos en algo nuevo por flojera.

Estudios han demostrado que el hombre pierde todo interés en creer en nuevas cosas por causa de que nuestro cerebro ya está cansado. Si, a lo largo de nuestra vida hemos sido tan instruidos en saber que creer y en que no creer, que nuestra cerebro ya no tiene la intención de esforzarse por tener una nueva mentalidad.

Entonces todo lo que es nuevo o controversial hacia nuestras viejas creencias es desechado inmediatamente. Entre mas envejecemos la estructura de nuestro cerebro es incapaz de creer en “nuevas creencias”. Entonces es sencillo escuchar personas que dicen: “Soy de tal religión porque nací en un hogar de tal religión” o “Me identifico con tal partido político porque mis padres votaban por ese partido”.

En otras palabras, no nos atrevemos a transformar nuestra mente por flojera, la madre de todos los fracasos.

¿Sombras o personas?

Ahora, a lo largo de toda nuestra existencia tenemos la oportunidad de ser o de parecer. El que aspira a parecer, inevitablemente renuncia a ser.

Ser, es el hombre. Parecer, es la sombra.

Hay personas que viven siendo sombra.

No existen solos, necesitan de algo o alguien para existir. Crecen porque saben amoldarse a la hipocresía social. Buscan pertenecer a algo, a un grupo en especial, necesitan espacios de preferencia ya sea en un restaurante, un antro, un concierto o en una zona residencial. Quieren “parecer”.  Son un apellido.

Hay quienes son.

Rebeldes, siempre, al pensamiento colectivo basado en la desgracia y la desesperanza; diligentes en cambiar su propia mentalidad, curiosos por lo nuevo y las ideas provocativas. Existen por encima de los sistemas o las instituciones, encarnan el cambio y la transformación. Tienen un nombre.

Hombres y sombras, los primeros piensan con la cabeza, aferrados a los ideales de transformación; las sombras reflejan pensamientos ajenos, esclavizados en paradigmas sociales. Parecen ser de mundos distintos, no son compatibles, recíprocamente se rechazan.

 ¿Quién eres?

¿Es posible cambiar nuestra forma de pensar, de tal manera que creamos cosas que realmente pueden ayudarnos a ser mejores personas? No me refiero a solamente personas “aceptadas” por la sociedad. Sino gente genuina y que realmente puede realizar las ideas que defiende, sin necesidad de aparentar.

No todo lo que creemos es cierto. Vale la pena hacer un estudio introspectivo y seleccionar de nuestras creencias cuales son las que resultan útiles y factibles. Dejar fuera las fantasías y encontrar dentro de nosotros mismos una mentalidad de tal valor que nos convierta en revolucionarios para ser cada día personas más coherentes e íntegras.

La filosofía cristiana orgánica lo resumía de esta manera: “No mirando las cosas que podemos ver, sino las que no podemos, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven, son eternas”; De esas “cosas” ¿Cuáles construyen en ti una persona con una mentalidad emergente ante una sociedad decadente?