¿En qué crees? por Caleb Ordóñez T.

Caleb Ordóñez T.

En la época que vivimos al parecer es más fácil no creer en nada y en nadie, como si eso fuera posible. Miles de personas a nuestro alrededor dicen no tener ningún tipo de creencia. Evaden los temas religiosos y políticos, entendible, por el ocaso histórico de estas dos instituciones puramente humanas.

Sin embargo dejar de creer es algo imposible para el hombre mismo. Si has sentido como que alguien te mira por la espalda, evitas caminar bajo una escalera o presientes que aquél mesero atento, vendrá con la cuenta “aumentada”. Aunque te digas ateo eres sin duda un verdadero “creyente”.

Creer tiene su principio en la palabra alemana “glauben” que a su vez significa poner “esperanza en algo” o “amar”. Y en principio esta palabra era utilizada por religiosos para referirse a “tener fe en Dios”. Sin emabrgo, hoy en día se utiliza para creer en la suerte, en el destino, en la reencarnación, en la misma democracia o en algún candidato.

Por mucho tiempo se nos enseñó que lo que creemos es lo que aprendemos a creer desde pequeños, lo que nos han enseñado sistemáticamente a pensar. Algunos científicos y filósofos aseguran  que en algún momento la “racionalidad” hará que dejemos de creer en lo que nos enseñaron y que de pronto comenzaremos a dejar creencias para aprender nuevas cosas.

Se equivocan.

El hombre cree en supersticiones e ideas tan complejas por una  razón sencilla: sobrevivir. Nuestras creencias están fuera de todo límite, llegan a convertirse en fantasías de las que no nos incomoda deshacernos.

La semana pasada comentábamos lo arduo que se convierte el pensar distinto a la colectividad, que puede llevarnos hasta la misma muerte. El hombre no quiere más problemas de los que tiene a lo largo de su existencia como para “cambiar la mentalidad de otros”.

Así que en lugar de transformarnos día a día, preferimos creerlo todo pues así fuimos educados. Tuvimos clases de religión y de civismo. Nos enseñaron a tenerle miedo al “coco” y a la muerte. Nos han dado herramientas para sobrevivir el mundo y buscamos en que más creer. Nos convertimos en “creelotodo”. Como no podemos salirnos de nosotros mismos y pensar la vida de otra manera, apelamos a la información de creencias que tenemos almacenadas en la computadora de nuestro cerebro y nos conformamos a vivir así.

 No creemos en algo nuevo por flojera.

Estudios han demostrado que el hombre pierde todo interés en creer en nuevas cosas por causa de que nuestro cerebro ya está cansado. Si, a lo largo de nuestra vida hemos sido tan instruidos en saber que creer y en que no creer, que nuestra cerebro ya no tiene la intención de esforzarse por tener una nueva mentalidad.

Entonces todo lo que es nuevo o controversial hacia nuestras viejas creencias es desechado inmediatamente. Entre mas envejecemos la estructura de nuestro cerebro es incapaz de creer en “nuevas creencias”. Entonces es sencillo escuchar personas que dicen: “Soy de tal religión porque nací en un hogar de tal religión” o “Me identifico con tal partido político porque mis padres votaban por ese partido”.

En otras palabras, no nos atrevemos a transformar nuestra mente por flojera, la madre de todos los fracasos.

¿Sombras o personas?

Ahora, a lo largo de toda nuestra existencia tenemos la oportunidad de ser o de parecer. El que aspira a parecer, inevitablemente renuncia a ser.

Ser, es el hombre. Parecer, es la sombra.

Hay personas que viven siendo sombra.

No existen solos, necesitan de algo o alguien para existir. Crecen porque saben amoldarse a la hipocresía social. Buscan pertenecer a algo, a un grupo en especial, necesitan espacios de preferencia ya sea en un restaurante, un antro, un concierto o en una zona residencial. Quieren “parecer”.  Son un apellido.

Hay quienes son.

Rebeldes, siempre, al pensamiento colectivo basado en la desgracia y la desesperanza; diligentes en cambiar su propia mentalidad, curiosos por lo nuevo y las ideas provocativas. Existen por encima de los sistemas o las instituciones, encarnan el cambio y la transformación. Tienen un nombre.

Hombres y sombras, los primeros piensan con la cabeza, aferrados a los ideales de transformación; las sombras reflejan pensamientos ajenos, esclavizados en paradigmas sociales. Parecen ser de mundos distintos, no son compatibles, recíprocamente se rechazan.

 ¿Quién eres?

¿Es posible cambiar nuestra forma de pensar, de tal manera que creamos cosas que realmente pueden ayudarnos a ser mejores personas? No me refiero a solamente personas “aceptadas” por la sociedad. Sino gente genuina y que realmente puede realizar las ideas que defiende, sin necesidad de aparentar.

No todo lo que creemos es cierto. Vale la pena hacer un estudio introspectivo y seleccionar de nuestras creencias cuales son las que resultan útiles y factibles. Dejar fuera las fantasías y encontrar dentro de nosotros mismos una mentalidad de tal valor que nos convierta en revolucionarios para ser cada día personas más coherentes e íntegras.

La filosofía cristiana orgánica lo resumía de esta manera: “No mirando las cosas que podemos ver, sino las que no podemos, porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven, son eternas”; De esas “cosas” ¿Cuáles construyen en ti una persona con una mentalidad emergente ante una sociedad decadente?

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